En América Latina, el rescate de espacios urbanos para contener el auge delictivo y violento tiene como ejemplo los casos de las ciudades colombianas de Bogotá y Medellín. Ahí se había pertrechado el narcotráfico que atizaba la violencia urbana. Enrique Peñalosa fue alcalde de Bogotá, la capital de Colombia, entre 1998 y 2000, un momento complicado desde la mirada social y política de aquel país.

Su programa de reordenación urbana logró revertir el índice delictivo tras emprender medidas de rescate de espacios públicos en las zonas más abandonadas de la ciudad. En su gestión, concesionó la administración de 29 nuevas escuelas construidas en los barrios más pobres de Bogotá a los mejores colegios privados del país.

Aunque debatida, esa decisión fue celebrada por los residentes de esas comunidades que avalaron la posibilidad de que sus hijos tuvieran acceso a medios educativos de alta calidad.

Peñalosa sintetiza su teoría en una frase: “Que la ciudad sea para la gente, los niños, los viejos y las personas de menores recursos. Cada detalle de la ciudad debe reflejar que el ser humano es sagrado”. En entrevista, subraya que las urbes deben dar prioridad al aspecto peatonal en aquellos sectores en los que se concentra la población que va a trabajar o las zonas cercanas a las escuelas.

Respecto de lo que ocurre en las urbes mexicanas, el también economista apunta que estos conglomerados humanos “son maravillosos porque tienen vida, color e historia; pero como ocurre en el mundo en desarrollo, los automóviles son la prioridad sobre el ser humano”.

Peñalosa subraya que las banquetas son el elemento más importante de una buena ciudad. Estos pasajes de concreto, de piedra, cemento o tabiques son el elemento diferenciador entre una ciudad de avanzada y una que no lo es.

Opina que, idealmente, las banquetas deberían continuar en las intersecciones, de modo que los automotores precisen reducir su velocidad para subir y pasar sobre ellas. “Así quedaría claro que los automóviles son los que pasan por un espacio de los peatones y no, como sucede frecuentemente, que los peatones transitan por un espacio de los autos”.

Durante su gestión en la alcaldía bogotana (1998-2000), Peñalosa emprendió acciones destinadas a mejorar la infraestructura de los barrios marginales de esa ciudad a través de la participación ciudadana. Partió de un modelo de ciudad cuya prioridad fueron los ciudadanos, por lo que impulsó la creación y recuperación de espacios públicos, el uso del transporte colectivo Milenio y la restricción del uso del automóvil.

Con ese esquema, logró recuperar plazas públicas, levantó un extenso parque en una zona que había sido tomada por el crimen y salvó del abandono una de las avenidas más céntricas para convertirla en un concurrido espacio peatonal.

Su padre, con el mismo nombre, fue secretario de la primera conferencia Hábitat de Naciones Unidas, por lo que el exalcalde de Bogotá está muy involucrado en el tema de la vivienda en las grandes urbes y su problemática. Para Peñalosa, México ha logrado construir “formidables” sistemas de financiamiento de la vivienda, como el Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores, que es la “envidia” del resto de América Latina.

Opina que el Estado debe intervenir para que las ciudades crezcan en los lugares óptimos, pues el costo de la tierra ha llevado a que muchos desarrollos se levanten muy lejos de los cascos urbanos. Propone constituir grandes reservas territoriales estatales adyacentes a las ciudades; que en los nuevos desarrollos se privilegie la construcción de grandes parques, campos deportivos, redes peatonales y una mezcla entre lo residencial y lo comercial. Considera que la configuración urbana ideal es la que construye menos condominios cerrados y opta por los muros transparentes, evitando las paredes.

La visión de seguridad urbana de Peñalosa fue criticada por varios analistas (Granda y Ramírez en 2001), que la calificaron de errónea. Señalaron que las medidas que emprendió no eran las mejores por el conflicto armado que se protagonizaba en todo el país; otros hacían notar que se confundieron e intercalaron las funciones de la policía y de las fuerzas militares. Se trata de la creación de grupos como los Gaula, nacidos para combatir al crimen organizado en coordinación con la policía militar y que, en aras de perseguir el delito, aumentaron la represión contra la población.

Según Franco, es usual poner en práctica políticas represivas generalizadas contra las zonas urbanas con mayor índice de violencia. En la ciudad colombiana de Cali se instalaron bases militares en los distritos de Aguablanca y Siloé; su intención fue neutralizar la acción de las milicias y los paramilitares. Cuando la alcaldía hizo un seguimiento de la violencia, observó que hubo un incremento exponencial de los homicidios cometidos por arma de fuego en algunos de esos sectores y una “discreta reducción en otros”.

El analista concluía que, si la prevención es la mejor manera de evitar la delincuencia, la principal causa de la inseguridad radica en la desigualdad social: “Entonces, se requiere que el Estado emprenda políticas basadas en esa estrategia”.

Estas experiencias permiten observar, de acuerdo con los entrevistados, que a nivel mundial no existen estadísticas basadas en metodologías confiables que permitan mostrar un diagnóstico certero sobre el estado de las ciudades en cuanto a su seguridad urbana. Para construir y defender el derecho al bien público que representa la seguridad ciudadana, se requiere de un modelo en el que las estructuras de poder, las fuerzas del orden y el sistema judicial ponderen la prevención contra la represión.

*Texto tomado de Contralínea: Barrios marginales, víctimas de la delincuencia y del Estado 
 





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