"La actitud realista se me revela con un aspecto hostil hacia todo vuelo
intelectual y ético. Me causa repulsión porque está constituida por una
mezcla de mediocridad, odio y chata suficiencia."                              
                                                                             André Breton


Una de las mejores formas que tenemos los humanos para matar el tiempo es justificarnos. Nadie es más hábil ni más ingenioso, ya sea singularmente o en muchedumbre, que cuando intenta dar razón de algo que le incumbe o en lo que se ha visto envuelto, con cierta complicidad de su parte. Al mismo tiempo, nadie es nunca más capaz de decir toda la verdad, toda la esencia de sí mismo; todo el ímpetu de demostrar que toda la fuerza de su voluntad lo ha llevado a hacer lo que hizo, “quiero lo que quiero” es nuestro lema. Al mismo tiempo, nadie nunca es más frágil y ridículo que cuando con todo su esfuerzo mental explica sus “porqués”.

Un ejemplo, un ejemplo:

Se hace una marcha y se asiste a una marcha y después, basicamente, se habla de esa marcha: “¿Por qué fuiste a esa marcha?, “¿Qué piensas de la marcha?”, “¿Qué te dejó la marcha?”. Evidentemente al 99% de los que marcharon nadie les formuló estas preguntas pero, ¡oh inseguridad!, todos las contestan de inmediato, aunque sea en silencio. Me viene a la mente una plática entre dos hombres de la India a la que una vez asistí o algo así porque hablaban un idioma de otro mundo. Uno lanzaba un discurso interminable y al parecer muy interesante a una velocidad sorprendente. Cuando terminó, el obvio espacio de tiempo necesario para que su interlocutor procesara tanta información simplemente no existió; ni un segundo (no exagero) tardó el nuevo orador en lanzar otro discurso de las mismas proporciones, y lo mismo otra vez, y de nuevo, como si sólo se escucharan para poder hablar. Y después de tanta palabra me quedó la impresión de que eso nunca pasó. Y después de tanta palabra me da la impresión de que no hubo 150,000 personas marchando.

Es algo extraño, pero vivimos en tiempos en las que las cosas no pasan aunque pasen. En nuestro deseo por que las cosas funcionen perdemos las cosas. Nuestra afilada capacidad de análisis, por lo demás necesaria para lograr cualquier incidencia en el mundo, prevalece sobre el acto mismo. La legitimación del acto con fines de eficacia borra al propio acto. Funcionar sin necesidad de ser, eso es a lo que yo llamo realismo.

Es claro que en estos tiempos en los que todos los discursos legitimadores son más o menos válidos, y por ende más o menos inválidos, el que tenga más poder detrás de él prevalecerá. El resultado: cierta amargura y nuevos discursos por parte de los vencidos; cierto júbilo y nuevos discursos por parte de los vencedores; y una serie infinita de actos simplemente pasados por alto. Un acto es muchas cosas, y el extenuante ejercicio de desmenuzar sus sentidos nunca lo abarcará aunque el ejercicio sea completado. No importa si el discurso es humilde o pretencioso, al final son discursos de eficacia.

Frente a este nuevo realismo necesitamos un nuevo radicalismo, uno que esté dispuesto no sólo a analizar, sino a reconocer la existencia completa del acto. Un freno necesario a esta pasmosa velocidad de reacción analítica.

Cito al más célebre surrealista porque, a pesar de la idea general que se tiene de este movimiento, eso era por lo que luchaba. Nadie lucha por la pérdida de la razón, y nadie puede desearla, se lucha por todo lo que la razón discrimina, por la completud del acto, por el perfecto absoluto que acontece. Se lucha por esa fórmula de Apollinaire que también Breton recuerda: hay.

El radicalismo de ser antes de funcionar.

Hubo una marcha.
 
 
“Toda materia comienza por un desarreglo espiritual” dijo una vez Artaud, el único personaje de la historia al que admiro completamente. En esa ocasión se refería a las posibilidades y a la credibilidad de una revolución. Para él todo lo verdaderamente justo y todo lo verdaderamente bello que se formara en el espíritu de una persona, irremediablemente se concretaría, en algún momento, en la realidad.

Todas mis reservas, mi única reserva más bien, respecto a la protesta de ayer y al movimiento social que por fuerza debe seguirle gira en torno a esto. Leo por todos lados a manera de crítica el señalamiento de que este acto pierde validez porque ha sido “politizado” y me dan ganas de taparme los ojos. ¡Qué tremenda tontería! ¿Qué es un movimiento civil sino un acto político en su más pura manifestación? Dicen que fue una movida de López Obrador cuando lo único que lo pudo ubicar ahí fue una mención a la cerrada elección presidencial de 2006; dicen que incitaba a la violencia por los machetes de los ejidatarios de Atenco que lo único que llevan siempre es dignidad y disposición para apoyar cualquier causa que consideren justa; dicen que sólo sirvió para el SME se colgara de una noble causa, y pues sí, qué más les queda si llevan una eternidad esperando ser escuchados. Y dicen una cantidad espectacular de cosas que sólo sus mezquinas mentes pueden formular.

Pero ese no es el problema, esa gente siempre estará, y como sea un movimiento social no tiene por qué, y en mi opinión no debería, separarse “quirúrgicamente” de otros problemas del país. Mi reserva es a causa de ese “desarreglo espiritual”, no creo que la sociedad lo haya vivido, confieso que yo no, al menos no a causa de la violencia, no estamos hasta la madre. No digo que las marchas sean inútiles, mucho menos que los que asisten a ellas sólo lo hagan para sentirse bien con ellos mismos, sólo digo que es prácticamente imposible estar hasta la madre y compartir el dolor de los que conocían a los 40,000 muertos, no va por ahí, no somos un país de deudos.

No somos deudos, pero no somos ciegos, y con un sincero “gracias” Javier Sicilia, que sí está hasta la madre, le echa la bolita a los jóvenes, como debe de ser. Cada quien su lucha, la de él a causa de un dolor innombrable, la de nosotros por un mundo digno de la palabra.


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Sin duda el querer echar a todos los mexicanos en una bolsa, o mejor dicho en un concepto, es algo común. Nos estereotipan desde todos lados y estereotipamos a los otros por igual; pero hay una generalización que es moneda corriente y que viene desde los propios mexicanos. Lo que llaman “idiosincrasia” lo conocemos bastante bien, lo interesante es saber quién fabricó el saco al que echan a todos y por qué.

“Curiosamente” los más asiduos en señalar las características del mexicano forman parte de sectores perfectamente localizables de la sociedad, sectores económicos por supuesto. El dedo que señala al “típico mexicano” es muchas veces de la clase alta, pero la mayoría de las veces es el dedo de ese extraño invento teórico llamado clase media. Esta clase media es la encargada de transmitir y reproducir ideas, prejuicios las más de las veces, tiene un posición clave para hacerlo ya que de cierta forma representa la “vida pública” de las ciudades. Las ideas dominantes se mueven en estos circuitos citadinos, cercanos a los medios de comunicación, con más capacidad de difundir maneras de pensar. Los prejuicios que transmiten no son creados por ellos, ni siquiera por la clase alta, sino por los innumerables mecanismos de creación de cultura echados a andar a lo largo de la historia, mecanismos estos sí, que siempre han servido a la clase dominante. Así vemos que la clase media no existe en realidad, es una especie de grupo de choque ideológico creado por el movimiento capitalista de la historia.

La imagen creada se vuelve realidad con el tiempo, se crea una relación amarga entre quien señala y es señalado, y las actitudes que el primero reprueba, son utilizadas por el segundo a manera de reto. Mala relación, basada en mentiras históricas que sólo reproduce y eterniza el sistema tal como lo conocemos. En este juego de prejuicios los únicos que ganan son los miembros de la clase dominante.

Como dije, estas ideas se mueven por circuitos definidos, en los medios de comunicación, en las ciudades, en aquellos lugares en donde la clase media es receptora y partícipe del transporte de ideas. Por simple lógica es visible que el porcentaje de la población que sabe qué es el “típico mexicano” es irrisorio, falsedad sobre falsedad. Poca gente creando un gran problema.

El porcentaje restante, la gran mayoría, no vive esta vida de prejuicios, tienen sus dificultades propias, soportan el drama de vivir en México cuando nadie en México los toma en cuenta y probablemente ellos tampoco tomen en cuenta a México. El Estado para ellos sólo se aparece para cobrar impuestos, para despojar y reprimir. El gran problema de crear y vivir con una artificial idea de “mexicaneidad” es el muro que se construye entre la irrisoria minoría y la brutal mayoría y que evita que se cree una verdadera sociedad mexicana. La verdad es que México y el mexicano no existen, o sólo existen en la cabeza de una minoría, y trabajan, posiblemente sin querer, para los poderosos.