"A mí me parece, en efecto, que dialogar acerca de poesía es en extremo semejante a los banquetes de hombres mediocres e incultos, pues también éstos, por no tener de qué hablar entre sí al beber, puesto que por su incultura no tienen voz y discursos propios, encarecen a las flautistas y rentan por mucho dinero la voz ajena de las flautas y conversan entre sí a través de la voz de aquéllas; pero, donde hay comensales bellos y buenos y educados, no podrías ver ni flautistas ni bailarinas ni artistas, sino que ellos se bastan a sí mismos para conversar (sin tonterías y cosas infantiles) por su propia voz, hablando y escuchando ordenadamente en su turno, aun si han bebido mucho vino. Así también las conversaciones de esta índole, si se componen por varones como la mayoría de nosotros afirma ser, no requieren de voz ajena ni de poetas a los cuales no es posible preguntar acerca de lo que dicen; y de muchos que los citan en sus discursos, unos afirman que el poeta tiene en mente una cosa; otros, que otra, al dialogar sobre un asunto que no pueden resolver, dejan de lado tales conversaciones, y conversan consigo mismos y por sí mismos y recibiendo mutua experiencia entre sí en sus propios discursos. Me parece que es preciso que yo y tú imitemos más bien a personas como éstas y, dejando a un lado a los poetas, nosotros realicemos los discursos por nosotros mismos y mutuamente, recibiendo una experiencia de la verdad y de nosotros mismos"

[Platón, Protágoras, 347c-348a]
 





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